Pesadillas de una esponja
August 2021
Había una vez una esponja regular, entre mojada y seca en el lavabo de cualquier cocina con olor a agua y jabón apestoso de varios días. Era una esponja que absorbía todo; cuando el agua del exterior corría dentro de sus poros, no sólo la llenaba, también se convertía en parte de ella misma. Parecía una esponja cualquiera, pero también tenía aspiraciones, sueños y hasta pesadillas. Se apagan las luces, quedan los trastes a un lado estilándose para ser usados al siguiente día. La esponja, en la esquina del lavabo, cierra los ojos para descansar de su día ocupado de ser esponja, y comienza a pesadillar.
La puerta de la cocina se abrió, y entró mi papá con mi prima, con la cara careciendo de expresión humana. Nunca la había visto y ya que la vi por primera vez, era como si aún, nunca la hubiera visto, pues no era totalmente ella. Venía invadida por un demonio.
Mi papá la dirigía con sus manos grandes y morenas sobre sus hombros delgados hacia el cuarto hasta el fondo de la casa. Pasó por un lado mío sin mirarme. Claramente estaba enferma esa prima mía. Sólo pensé en ayudarla, sólo pensé en que todo estaría bien. Tenía la fe tan exageradamente presente en mi mente, que en realidad no la tenía. Era sólo una fachada que me contaba a mí misma para que no me cupiera en los sesos lo que en realidad estaba pensando.
“Que no se me meta a mí, por favor, que yo no sea como ella.”
Antes de que mi papá fuera por ella, le llegó una llamada por el celular; como gran hombre de familia nos pasó la noticia: Naran estaba poseída por un demonio. Él tendría que ir por ella y traerla a la casa a esperar a que se curara milagrosamente.
Se contaba en el pueblo que era muy difícil lidiar con ella cuando estaba poseída; ya estaban hartos todos sus familiares más cercanos de intentar controlarla. No sólo se hacía daño a ella misma, pero en los intentos de ayudarla, Naran le hacía daño a los demás. Cuando resultó que de nuevo estaba poseída, le hablaron a mi padre; ya era su turno en cargar la cruz de mi prima endemoniada.
Esa noche dormimos todos juntos menos ella; mi mamá, mi papá, mi hermana Bianca y yo dormimos en un mismo cuarto con las puertas abiertas. Queríamos protegernos el uno al otro contra cualquier maldad que se le ocurriera a la poseída. Aunque teníamos a una muchacha que traía al demonio por dentro, me acosté agusto, con la seguridad que siente un niño cuando es pequeño y todavía lo pueden proteger los padres de todo lo malo del mundo.
A media noche desperté, la intuición me advertía que, aunque yo me sentía igualita, algo estaba diferente dentro de mí y me di cuenta que mi certidumbre me había fallado. Asustada, me endereché en la cama; aunque se me hizo el movimiento más normal que hubiera podido hacer, sospeché que otra vez, aunque yo me sentía igualita, algo había cambiado dentro de mí.
“¡Bianca!” Susurré, “¡Bianca!”
Interesada en seguir gozando del sueño, y desinteresada en mi crisis espiritual y completamente total, mi hermana medio abrió un ojo y preguntó molesta:
“¿¡Qué!?”
“¿Cómo me ves? ¿Normal? ¿Se me metió el demonio a mí?
“Sí.” Contestó, aún desinteresada.
Yo quedé sorprendida que mi hermana mantuvo la calma como si fuera yo la misma, como si el yo estar poseída por un demonio no fuera más significativo que el escuchar mis ronquidos. Le pregunté
“¿Cómo sabes?”
“Es por tu voz… ya duérmete.”
De seguro me notó la voz más rasposa, o diabólica, ¿o qué sé yo?
No pude continuar sentada entre mi familia. Yo estaba marcada, poseída, tenía a algo travieso, malévolo dentro de mí. No sabía qué podría pasar, y no pensaba seguir cerca de los que más amaba para ver lo que tramaba el demonio. Me levanté y me fui a la sala a lamentar mi nueva condición.
¿Qué sería de mí? ¿Qué harían mis padres con una hija como yo? Seguro que ellos sabrían qué hacer. Pero ¿qué quería conmigo éste demonio y cuándo empezaría a notar la posesión?
La noche fue corta; no alcancé a contestar mis propias preguntas ni a inventar más cuando se levantaron mis padres a hacer el desayuno, como cualquier sábado relajante. Yo quedé perpleja… ¿por qué no notaron que no estaba dormida con ellos cuando se levantaron? ¿Por qué no me voltearon a ver cuándo pasaron enfrente de mí?
¿Será que ya no me querían porque ya no era yo? ¿Será que me tenían miedo?
Tímidamente me atreví a decir
“Buenos días…”
Mi padre, con los ojos todavía hinchados por horas de estar cerrados, volteó perezosamente hacia mi dirección. Con un bostezo en la boca me dio un saludo con la mano que indicaba que sí me había escuchado y tomado en cuenta, pero que tampoco me iba a prestar mucha atención.
Con el corazón decepcionado, me animé de todas formas a contarles mi tragedia.
“Tengo malas noticias… estoy poseída.”
No me dirigieron ninguna palabra. Era como si no les importara o como si el sueño todavía era tan gran hechizo que no podían captar la gravedad del asunto.
“¡Mamá! ¡Papá! ¡Ayúdenme que lo que tenía Naran por dentro se me contagió!”
Ya tenían el desayuno preparado y se sentaban en la mesa, pero todavía no me ponían atención.
De repente, me aventaron un lonche y me dijeron fríamente que comiera.
El lonche estaba hecho de pan blandito, con crema salada, jamón tierno, aguacate, jitomate, y vinagre de chiles jalapeños. Aunque sentí el desprecio de mi familia que no me invitó a comer con ellos a la mesa, comencé a comer. El lonche, tan conocido, tan familiar, me recordó a los días de campo que hacíamos cuando era niña. Inmediatamente me empecé a sentir mejor.
No podía ser posible, ¿acaso sabían mis padres que éste lonche era lo que necesitaba? ¿Acaso un alimento nutritivo era lo único que se requería para expulsar a un demonio?
De repente, la realidad interrumpió el sueño; la esponja sintió confusión por el sueño tan raro y el alivio de que todo solo fue una pesadilla. Podía seguir su vida normal, de esponja común. Lavaría trastes, arrancaría grasa de cazuelas, dejaría lo sucio limpio… Pero como buena esponja, no se le olvidaría la pesadilla. Como buena esponja, absorbe todo. Conocía el significado de cada elemento del sueño y en la noche volvería a cerrar los ojos solo para repetir otra historia, tal vez la misma, probablemente diferente, pero con el mismo terror que la anterior.
FIN